El oro perfora los 4.000 dólares: el petróleo dispara las alertas de la Fed y el mercado se divide entre la inflación y los tipos
Published on 07/16/2026 at 20:22 | Redaktion boerse-global.de
Las dos fuerzas que mantenían al oro en una tensa calma durante las últimas semanas han estallado por fin. El metal precioso ha roto este jueves el soporte psicológico de los 4.000 dólares por onza y ha registrado su mayor caída diaria en semanas, lastrado por una escalada del petróleo que ha vuelto a poner en el centro del debate a la Reserva Federal. Mientras los inversores digieren una batería de datos contradictorios, las apuestas a una subida de tipos en septiembre se han disparado hasta el 50%, según los mercados de futuros.
La jornada comenzó con el oro cotizando en torno a los 4.007 dólares, pero pronto perdió fuelle hasta los 3.995,40 dólares, un descenso del 1,76% respecto al cierre anterior. No fue un mal día cualquiera: se trató de la mayor sangría diaria desde que comenzó el actual ciclo de incertidumbre geopolítica. Y todo por un cóctel que combina la crisis de la estrecha de Ormuz con las dudas sobre cuándo —o incluso si— la Fed logrará domar la inflación sin tener que apretar el tornillo de nuevo.
El crudo se convierte en el enemigo silencioso del oro
El detonante inmediato del desplome es el petróleo. La decisión de Irán de cerrar la vía marítima de Ormuz ha reducido el tráfico de 130 buques diarios a apenas seis, según los últimos informes de OilPrice.com. El Brent llegó a marcar un máximo mensual de 85,12 dólares, aunque luego cedió terreno por las tomas de beneficios y los nuevos ataques aéreos estadounidenses contra objetivos iraníes. El jefe de la Agencia Internacional de la Energía, Fatih Birol, advirtió de que la economía mundial tiene apenas semanas para evitar un "shock económico grave".
Lo paradójico es que el oro no está actuando como refugio en esta tormenta. A pesar de la quinta tanda de ataques de EE.UU. sobre Irán, el metal precioso no ha logrado una recuperación significativa. La razón hay que buscarla en el efecto inflacionista del crudo: un petróleo más caro alimenta las expectativas de precios al alza, lo que obliga a la Fed a mantener —o incluso endurecer— su postura restrictiva. Y unos tipos más altos son el peor enemigo de un activo que no ofrece rentabilidad explícita.
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La Fed: entre la debilidad del PPI y el vigor de la actividad
La semana había empezado con cierto optimismo para el oro. El martes, los datos de inflación al consumo habían sido más flojos de lo esperado, lo que llevó a muchos a pensar que la Fed podría aflojar. El miércoles, la publicación del índice de precios a la producción (PPI) de junio reforzó esa idea: cayó un 0,3%, su primer descenso en casi un año, y el núcleo subió solo un 0,2%, por debajo de las previsiones. Sin embargo, la alegría duró poco.
El jueves llegó la contraofensiva de los datos de actividad. El índice manufacturero de la Fed de Filadelfia saltó a 41,4 puntos en julio, frente a los 10,3 del mes anterior y muy por encima de los 13,0 que esperaban los analistas. Fue el nivel más alto desde noviembre de 2021. Las ventas minoristas subieron un 0,2% en junio, en línea con lo esperado, y las solicitudes semanales de subsidio por desempleo se situaron en 208.000, por debajo de los 217.000 previstos. En conjunto, una señal de que la economía estadounidense sigue aguantando el tipo.
Ante este panorama, las apuestas a una subida de tipos en septiembre se dispararon hasta el 50%, un cambio radical respecto a hace apenas unos días, cuando el mercado descontaba recortes. Para la reunión de julio, en cambio, las probabilidades de una subida se han derrumbado hasta cerca del 10%. El presidente de la Fed, Kevin Warsh, se mostró cauto durante su comparecencia ante el Congreso: reafirmó el objetivo de restaurar la estabilidad de precios y subrayó que la entidad no tiene "tolerancia" para una inflación persistentemente alta, pero evitó comprometerse con un movimiento concreto a corto plazo.
Analistas divididos entre el miedo a los 3.600 y la esperanza de los 6.000
El espectro de pronósticos es tan amplio como la propia volatilidad del mercado. Paul Ciana, estratega técnico de Bank of America, advierte de que el oro podría buscar soporte en los 3.600 dólares, aunque considera que cualquier caída por debajo de la cota de los 4.000 dólares debe aprovecharse para comprar. Su entidad ha recortado un 14% la previsión media para 2026, hasta los 4.360 dólares, pero todavía contempla un escenario alcista que llevaría el metal hasta los 6.000 dólares en 2027.
Más prudente se muestra J.P. Morgan, que ha reducido su objetivo de precio para 2026 en un 8%, hasta unos 4.400 dólares, y ha rebajado su previsión para finales de año desde 6.300 a 4.500 dólares. Para 2027, el banco espera un precio medio de 4.300 dólares. Eso sí, ve una oportunidad en las mineras de oro europeas —que han perdido entre un 35% y un 45% desde el inicio del conflicto entre EE.UU. e Irán— y señala a AngloGold Ashanti y Fresnillo como sus favoritas. En el otro extremo, Goldman Sachs mantiene un objetivo de 4.900 dólares para finales de año, un reflejo de la disparidad de criterios.
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RHB Research se sitúa en el lado bajista, con un retroceso hasta los 3.700 dólares como escenario base y resistencias en 4.200 y 4.400 dólares.
Señales técnicas y la próxima cita con la Fed
Desde el punto de vista técnico, el oro cotiza actualmente un 2,41% por encima de su mínimo de 52 semanas —3.901,30 dólares alcanzado a finales de octubre de 2025—. El índice de fuerza relativa se sitúa en 37,8, lo que indica una cierta debilidad pero sin llegar todavía a territorio de sobreventa.
La clave de las próximas sesiones estará en cómo evolucionen los precios del petróleo y en las señales que emita la Fed en las próximas reuniones. Si la crisis de Ormuz se agrava, el crudo podría seguir presionando al alza las expectativas de inflación y, con ello, las de tipos de interés. Si, por el contrario, la inflación subyacente sigue dando tregua, el oro podría recuperar el nivel de los 4.000 dólares y buscar nuevos catalizadores. Por ahora, el mercado se mueve en una horquilla que va desde el temor a una nueva restricción monetaria hasta la esperanza de que la geopolítica acabe imponiendo su lógica de refugio.
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