Intel: el encargo de tres millones de TPUs de Google avala la apuesta foundry, pero las pérdidas de 2.400 millones frenan el entusiasmo
10.06.2026 - 03:08:03 | boerse-global.de
Cuando Google decidió confiar a Intel la fabricación de más de tres millones de sus Tensor Processing Units (TPUs) para su producción a partir de 2028, el mercado interpretó la señal como un espaldarazo definitivo a la estrategia del gigante estadounidense por convertirse en un actor relevante en la fundición de chips. El pedido, que supone el mayor contrato conocido hasta la fecha para la división Intel Foundry, llega en un momento en que la compañía busca abrirse paso como alternativa a TSMC en el creciente negocio de la inteligencia artificial. Paralelamente, Nvidia evalúa la posibilidad de utilizar el avanzado proceso 18A de Intel para su próxima arquitectura gráfica, cuyo nombre en clave es "Feynman". Aunque aún no hay un compromiso firme, el simple hecho de que el mayor diseñador de chips del mundo someta a prueba la tecnología de Intel es un gesto que la cotización ha recibido con cautela.
La noticia del acuerdo con Google no ha bastado para detener la corrección bursátil que arrastra la acción desde mediados de mayo, cuando tocó su máximo de 52 semanas en 114,60 euros. Tras un desplome del 7,54% en la última sesión, el título cotiza en 88,32 euros. El retroceso reciente contrasta con la extraordinaria revalorización acumulada en lo que va de año, que ronda el 163%. Sin embargo, el impulso alcista choca de frente con los fundamentales: Intel Foundry registró en el primer trimestre de 2026 un pérdida operativa de 2.400 millones de dólares, pese a que los ingresos de terceros se multiplicaron por más de cinco, hasta los 174 millones. La quema de caja persiste, y la volatilidad a 30 días se sitúa en un 93% anualizado, un entorno que desaconseja posiciones pasivas.
El conglomerado de Santa Clara ha logrado consolidar su posición como el único proveedor estadounidense capaz de abarcar desde la investigación hasta la producción en masa de semiconductores de última generación. Esa singularidad ha atraído un respaldo gubernamental inédito: la administración Trump se ha comprometido a inyectar 8.900 millones de dólares en acciones ordinarias de Intel, financiados con fondos del CHIPS Act y el programa Secure Enclave. De facto, Washington se convierte en accionista con un interés directo en el éxito de la compañía. El Pentágono, además, actúa como ancla silenciosa de la tesis de inversión, ya que solo Intel puede asumir contratos de defensa que legalmente no pueden adjudicarse a TSMC.
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En el frente tecnológico, los avances son tangibles. La plataforma Core Ultra Serie 3 de Intel ya se produce a pleno rendimiento en el nodo 18A, con rendimientos superiores a las expectativas internas. En la Computex, la firma presentó los nuevos procesadores Xeon 6+, también basados en ese proceso, y anunció alianzas estratégicas con Foxconn y Siemens para desarrollar soluciones industriales sobre su arquitectura. Junto a Google, nombres como Microsoft, Amazon y Tesla ya confían en la capacidad de Intel para suministrar chips personalizados, lo que refuerza la narrativa de una base de clientes en expansión.
Pero el mercado es implacable con las promesas no cumplidas. El precio actual de 88,32 euros se sitúa un 15% por encima del precio objetivo medio de los analistas, que se fija en 77,19 euros. De los 47 expertos que cubren el valor, solo doce recomiendan comprar o sobreponderar, mientras que 35 optan por mantener, infraponderar o vender. El escepticismo es generalizado: la acción cotiza más de un 108% por encima de su media móvil de 200 sesiones, un dato que sugiere una prima difícil de sostener si los resultados no acompañan.
El próximo gran hito es 2027, cuando Intel promete que el proceso 18A generará márgenes que justifiquen la valoración actual. Hasta entonces, el camino es estrecho: los rendimientos deben mantenerse, la cartera de clientes debe ampliarse y las cuentas deben mostrar una mejora gradual. Mientras tanto, la corrección de las últimas semanas recuerda que, por muy sólido que sea el argumento geopolítico y tecnológico, el mercado no perdona la falta de beneficios. Intel ya no es un valor refugio: es una apuesta de alta volatilidad sobre si Estados Unidos logrará transformar su soberanía semiconductora en rentabilidad comercial.
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